El Primavera Sound sacude su jornada final con un vibrante concierto sorpresa de Olivia Rodrigo y el ‘holocausto’ sónico de My Bloody Valentine

La parrilla de conciertos de este sábado en el Primavera reservaba un vacío sospechoso, un concierto sorpresa que resultó ser el de una figura bien situada en la lanzadera comercial: Olivia Rodrigo, cantante que bien puede representar el cruce de la educación rock, rica en guitarras airadas, y la narrativa pop del ‘mainstream’ actual. Una actuación anunciada con solo cuatro horas de antelación, que llenó la explanada del escenario Occident y que representó una cabeza de cartel sobrevenido en la última jornada del festival.

Olivia Rodrigo dio así una nueva señal de sintonía con Barcelona, donde hace un mes ofreció un concierto privado el Teatre Grec (auspiciado por Spotify y el Barça) y donde actuará por partida cuádruple el año que viene (del 1 al 6 de mayo en el Palau Sant Jordi, citas únicas en España). En vísperas de la publicación de su tercer album, ‘You seem pretty sad for a girl so in love’, que sale el próximo viernes, esta californiana con ancestros filipinos ofreció un pase expeditivo, de 45 minutos, acompañada de su banda, que abrió con citas a su disco anterior, ‘Guts’. Empezando con ‘Bad idea right?’, canción en la que interroga sobre la conveniencia de liarse con un ex.

Con carnet de conducir

El repertorio emocionalmente catatónico de aquel álbum marcó el rumbo con ‘Ballad of a homeschooled girl’, otra pieza con la que Rodrigo contradijo en su día la tesis de que las guitarras eléctricas estaban en retirada. Pero a ella también le van los ‘tempos’ recogidos, con drama, asentados en el piano, como ‘Vampire’, canción sobre novios que dan menos de lo que reciben. Y ‘Drivers license’, que cantó (y muy bien) sentada ella misma al teclado.

El apasionante mundo del enamoramiento, la traición y el desahogo parece seguir orientando su literatura, aunque, al menos, el primer adelanto del nuevo disco, ‘Drop dead’, se queda en la primera y feliz estación, la del flechazo. Lanzado el pasado abril, fue reconocido y cantado por la concurrencia en el Fòrum, no así otro estreno, de aires psicoanalíticos, ‘What’s wrong with me’, que Rodrigo compartió con un invitado de impacto, ni más ni menos que Robert Smith, de The Cure. Chica educada, tras ‘Good 4 u’ se despidió con un “gracias primavera, Barcelona, te amo mucho”.

En paralelo, otra realidad se manifestó a cierta distancia con el concierto de My Bloody Valentine. También lleno, reflejo de las dos almas que se perciben en el festival. Su huracán sónico, de guitarras levantiscas y emotivas líneas melódicas flotantes, arrasó con todo a cuenta de piezas como ‘Soon’, fetiche del álbum ‘Loveless’ (1991), sin olvidarse del ‘holocausto’ final de ‘You made me realise’, con varios minutos de ruido eléctrico sin concesiones.

Folk-rock con relieves

La jornada deparó otros focos de interés, como el sinuoso folk-rock de Big Thief, portador de vibraciones enrarecidas y de bálsamos para el espíritu, en racha tras su inspirado ‘Double infinity’. Con Adrianne Lenker no hay nada que temer, y su voz se alzó, hospitalaria, a través de las reverberaciones y los pellizcos ácidos de guitarra (‘Simulation swarm’), los vestigios country (‘Words’) y ese medio tiempo sobre vínculos tóxicos llamado ‘Vampire empire’.

Otra clase de impacto produjo la británica Little Simz con su rap desencadenado, en el que estallaron ganchos muy pop en cortes como ‘Thief’ y ‘Young’. El temario de su sexto álbum, ‘Lotus’, bastante orgánico, presentado sobre el escenario con la pegada física de la batería y el bajo. Agitadora física y mental, no se olvidó de la sinfónica ‘Introvert’ y del himno fortalecedor ‘Venom’. Por su parte, Sudan Archives, Brittney Parks desplegó su propuesta híbrida maximalista, en fricción con el r’n’b y el art-pop, alienígena, o tal vez ciborg, blandiendo su violín y enredándonos en artefactos como ‘The nature of power’.

Y en el escenario Cupra, el anfiteatro, llenazo con Rusowsky en su debut en el festival, con el sonado ‘Daisy’. Lo suyo es de otra liga, u órbita planetaria, con ese pop que absorbe el folclore latino y las guitarras de cuerdas de nilón (‘Sophia’), así como las castañuelas y percusiones tribales (‘Pink + pink’), sin renunciar a la electrónica gruesa, sacudiendo formulismos. Tonadas con ángel como la de ‘Bby Romeo’, con sintetizadores y voz en falsete, en las que Ruslán Mediavilla, arropado por su numerosa banda de clones vestidos de blanco y con melena caoba, lució una presencia magnética, sin dejar de transmitir fragilidad, como un quebradizo gurú galáctico, en esta jornada final del Primavera.

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